No nacida

Levantó la vista. Fue intuitivo, como si algo le llamara la
atención y solo vio el filo de la escalera de metal que llevaba al
entrepiso y la larga ventana de hierro gris de siete vidrios
rectangulares. Hubo una leve brisa imperceptible que le congeló
la mano derecha y dejó de teclear.
—¿Hay alguien en casa? ¡Chicos!
Silencio. Siguió con su trabajo por unas cuatro horas más
hasta que tuvo sed. Se acercó a la cocina lentamente, porque las
piernas se le entumecieron. En el cuartito de lavar se oyó un
gritito, pequeño, sencillo, femenino. Paró su marcha. Giró y
entró. La ropa parecía brotar de todos lados, pero una llamó su
atención. Una blusita de seda rosada y metálica. No la
reconoció, pero podría ser de Sara, que compra a diario. La rozó
con la mano para sentir su suavidad, sin embargo no pudo
alcanzarla. Fue como si estuviera, pero no.
Se oyó otra vez ese sonidito y gritó:
—Sara, ¿saliste antes de la facu?
La puerta delantera se abrió de par en par. Cuando
comenzaba a preocuparse, entró Juan con una caja de cartón.
—¡Qué lío esto de que no haya bolsas, fui al supermercado y
me dieron una caja porque no me alcanzan las manos! ¿Sara
llegó?
—No, eso pensaba, que era Sara. Hoy tenía clases pero no
recuerdo hasta qué hora.
Llegó a la mesada, tomó el vaso y lo llenó de agua, tenía color
sangre. Se tiró hacia atrás gritando. El vaso cayó al piso y se
partió. Pero el piso no tenía color, y el bautismo líquido en el
piso era transparente.
Juan se acercó y al ver su palidez le dijo:
—Silvi, no es nada, solo una copa.
—Sí, sí —dijo sin pensar.
Volvió al escritorio para poder tener el piso firme. Ya sentada
analizó los hechos, siempre supo que hay inexplicables en la
vida, pero esto tenía asidero. La brisa, el sonido femenino, la
blusa moderna y rara, la sangre. ¿Qué estaba sucediendo?
Inmediatamente después de sentarse, un cólico la dobló en dos.
Fue solo un segundo. Eterno.
Decidió dejar todo de lado, porque era común que la
tomaran por loca si lo contaba, y siguió en su transcripción.
A las seis llamaron del hospital. Sara había sido intervenida y
necesitaban firmar algo. Salieron corriendo con Juan,
descontrolados y ansiosos. En el camino, sintió una mano sobre
la suya, ínfima, esquelética. Y la ruta se le nubló de tal manera
que casi embiste al auto delante de ella.
En la institución los acercaron a una habitación. Sara
dormía, estaba bien, el médico vendría a explicarles, firmaron
su internación. No entendían nada. En eso Silvi gritó
descontrolada y comenzó a llorar.
Todos la calmaban, Sara estaba bien, ya vendría el doctor.
—Siéntese, señora —oyó.
Pero no podía dejar de llorar y de mirar al techo. En una
ventana vidriada del hospital, sangrando, estaba el feto no
nacido de su nieta que la miraba.

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